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Opinión

ANTES DEL OLVIDO – GERARDO CHÁVEZ6 min read

“…La vida es como se recuerda. Sin la memoria no somos nada”
– Página 12, Gerardo Chávez – Antes del olvido (Memorias)

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La noche en que presentaron Antes del olvido (Penguin Ramdom House, marzo 2022), el libro que resume las memorias de ese artista vital y poderoso que es Gerardo Chávez (Trujillo, 1937), corría algo de viento otoñal en medio del tráfico infernal de las avenidas que dan al hermoso Museo de Arte de Lima y en el cercano Parque de la Exposición había un concierto de LP, una cantante de voz y talento excepcionales.
Bajo el cielo de Lima, era pues una noche de libros, de música, de vida y arte.

ANTES DEL OLVIDO GERARDO CHAVEZ


Entre los invitados de aquella noche estuvieron Alfredo Bryce Echenique, Fernando Ampuero, María Luisa Hernández de Agüero y otras personalidades relacionadas con la plástica, la literatura y lo artístico. El patio del remozado MALI se dio abasto para ver y escuchar anécdotas diversas, vivencias propias con el homenajeado, cuotas personales que les tocó vivir con él. Fue una espléndida noche pese a que el sistema de audio no ayudó tanto como se hubiera querido, pero como dice Serrat, pasa en las mejores familias y en las peores, casi siempre.

Estando como estaba, acompañado de la lingüista cusqueña, doctora Roxana Quispe-Collantes, aproveché para decirle que el libro me había hecho recordar a mi abuelo, un artesano de la madera y del barniz charol de goma laca. Un viejo hermoso y tierno que se fue de este plano llegando casi a los cien, dándole al serrucho y al cepillado, oliendo a viruta y a trabajo.

“He cumplido ochenta y cuatro años, y pienso seguir trabajando muchos años más. Aún me queda bastante por hacer, por vivir; mi horizonte está todavía muy lejano.
No le tengo miedo a la muerte. Les temo a la inactividad y al olvido, y ante el olvido que no tardará en llegar, voy comprendiendo la importancia de la memoria. La vida es como se recuerda. Sin la memoria no somos nada”, escribe Chávez en la página 12 del libro y uno se pone a pensar en todos esos espíritus que, gozando de juventud y salud (y algunos de dinero, además), se sienten prematuramente viejos y apagados.
Estas líneas sirven para recordarnos que, aunque estamos de paso y somos apenas un soplo en la eternidad, debemos dejar la piel y las vísceras en lo que hacemos, expresar lo que sentimos, hacer lo que decimos. Vivir, crear, amar, producir, trascender.

Gerardo Chávez y sus máscaras africanas, en su taller de París, finales de los años 70.


En un tiempo signado por el edadismo y la glorificación de lo inmediato, de lo joven, de lo burbujeante, leer la vida y obra de Chávez resulta esperanzador y absolutamente necesario; sus palabras son una suerte de brújula certera para el camino que todos recorremos, un faro que motiva con sus potentes haces de luz.

Conocer de primera mano la historia personal y familiar; las motivaciones artísticas, las dudas, reflexiones y decisiones que marcaron su derrotero; la evolución hacia las diferentes etapas creativas y las obras que siguieron como resultado de las mismas, convierten las memorias de Chávez en un valioso manual para los artistas que recién se inician. La profunda sinceridad y transparencia de sus palabras, en las horas bajas y en las altas, en las verdes y en las maduras, permiten perfilar al hombre detrás de las obras, al ser humano que pinta, come, paga deudas, tiene hijos, sufre, ríe, vive.

La presencia y menciones de nombres, personajes, premios y reconocimientos fluye de manera natural y sin aspavientos, los grandes, los verdaderamente grandes son así. Pero si algo que me ha conmovido de la lectura es la manera en que el artista y la persona ajustan cuentas consigo mismos, con los recuerdos, con el pasado; no hay amargura o resentimiento sino el claro entendimiento de lo que somos y cómo actuamos en determinados momentos de nuestras vidas.

El artista en su taller de París, inicios de los 80.


Personalmente, no creo que Gerardo Chávez López, hijo de don Pedro y doña Estela pueda ser fácilmente olvidado. Su leyenda, su obra monumental (por cantidad y dimensión), sus casi cinco mil juguetes, sus palabras, su amor, sus hijos, su esencia, su espíritu y estela en la plástica seguirán presentes en cada trazo que se intente, en cada porción de barro que se esculpa, en cada sueño que quiera y merezca ser vivido.
Este libro de sus memorias se encarga de refrendar esto que escribimos y mucho más. Y de espantar al olvido, por supuesto.

“Probablemente, no tuve la vida perfecta para un niño, pero fue la propicia para crear. Tuve la suerte de crecer en contacto con la tierra, de observar el nacimiento del sol y sentir el olor a tierra húmeda. Pude ver el crecimiento de una fruta, o la forma como una gallina pone un huevo. El hombre siempre está solo, pero es en soledad cuando descubre la belleza. Recuerdo lo que Matta me dijo cuando lo visité por primera vez en su taller de París en 1963: “No se trata solo de pintar. Debes tener conciencia de lo que haces. Estar a la altura de tu obra para que la belleza no te sorprenda y tengas una respuesta para ella”. Esas palabras no han perdido vigencia para mí. Sigo en la búsqueda, vuelvo al inicio, a mis primeros recuerdos, mis primeras emociones. Mi vida ha cambiado mucho.

Ya nada es como antes, peo me reconozco en ese niño que fui. Me acerco a él con una especie de amor; juego con él, pinto con él y juntos vamos cerrando el círculo.
No sé cuánto tiempo van a durar mis obras cuando ya no esté; eso no tiene importancia. Todos esos objetos a los que he dedicado mi vida algún día desaparecerán. Permanecerá la esencia de mi entusiasmo. Al final, me queda la satisfacción de haber sido un hombre libre y responsable de su propio destino”.

Gerardo Chávez con Tilsa Tsuchiya, Enrique Galdós Rivas y Milner Cajahuaringa en una visita a Lima en 1968.

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