Junio trajo singles de rock, cumbia psicodélica y una refrescante canción de pop cargada de sintetizadores y ritmos funk.
#YoEscriboEnLeonardo

“Nada es igual”
Diana Flores, Skillbea
Independiente
Diana Flores y Skillbea, en la radiante y sugestiva “Nada es igual”, deben demostrarle al oyente cómo una canción de pop bailable teñida de sintetizadores e impulsada por envolventes ritmos funk puede articular la pérdida del primer amor y la imposibilidad de dejar atrás una relación fallida. En teoría, música como ésta, orientada a celebrar el hedonismo y la autonomía emocional, no debe dar cabida a personajes atrapados en un círculo vicioso de dependencia. Sin embargo, el pop bailable heredero de la música disco, el synth-pop y el electro –tal como lo presentan Flores y Skillbea en “Nada es igual”– está siempre abierto a esta temática, y de una manera que debería resultar obvia: sus ritmos invitan a enfocarse en el cuerpo; sus voces, doblegadas por el placer y el disfrute, seducen a quien las escucha; sus efectos, sensuales y oníricos, preparan el terreno para el surgimiento de paraísos artificiales de ensoñación erótica y de escenarios psicológicos donde la incapacidad para superar el anhelo de placeres prohibidos es aceptada con alivio y desenfado, sin tapujos ni restricciones. “Nada es igual” saca provecho de estas posibilidades, señalando la delgada línea que separa el placer de la dependencia emocional.

“Jero en el Monte”
ORIENTE TRÍO
Independiente
En la acendrada, psicodélica “Jero en el monte”, ORIENTE TRÍO actualiza el sonido de la cumbia amazónica de finales de los sesenta con relampagueantes tintineos en los platillos y sutiles redobles labrados en los bongós como broqueles en un torno. Las líneas de bajo, sobrias, dinámicas, pero siempre sujetas a las modulaciones de rigor, junto con las zigzagueantes melodías de la guitarra eléctrica, remiten a los más tempranos discos de Juaneco y su Combo, pero la precisión en la ejecución, la escrupulosidad de los arreglos, y la meticulosa trama sobre la que se desliza la estructura de la canción, delatan a un puñado de músicos que buscan grabar canciones que, sin dejar de invitar al baile, puedan escucharse con la atención que demanda una estándar de jazz o un depurado revival vintage de pop local.

“Tránsito salvaje”
Santa García
Independiente
El single más reciente de Santa García –el diseño de sus timbres y de su contorno armónico, las emociones que articula y las funciones que busca cumplir– es heredero del rock clásico de comienzos de los años setenta; aunque, en una suerte de actualización de estas sonoridades, el vaivén entre contención y explosión que modela su estructura evoca el tipo de producción –inestable, bipolar– que caracterizó al rock alternativo de comienzos de los noventa. Sobre estos elementos, una sucesión de inspirados aforismos que van de lo filosófico a lo enigmático –“es mejor no hablar de lo que no se entiende”, “miren de cerca a los monstruos de desilusión que se intercambian en el círculo de sociedades que no tienen corazón”– se alzan como advertencias en una tormentosa y sinuosa autopista que la canción nos obliga a recorrer para hacernos ver un puñado de duras y necesarias verdades.

“Tipo malo”
Tourista
Independiente
En “Tipo malo”, Tourista se vale de la enérgica dinámica del power pop y también, en un importante sentido, de la expresión descarada que atraviesa todo este género musical, para revivir a un viejo personaje del rock: el joven necio y pendenciero que encuentra en el amor romántico una suerte de redención. Ciertamente el single cumple con las principales líneas estilísticas del power pop –sus ganchos melódicos, su vigor interpretativo, el narrador masculino atrapado entre la arrogancia y el anhelo–, pero al mismo tiempo despliega la síncopa milimétrica del trap, la manipulación digital de las voces que encontramos en la música urbana y las nuevas estructuras que la electrónica ha introducido en el pop actual. Articulando de forma inspirada todos estos componentes, la canción se convierte en un ejemplo de la mayor virtud alcanzada por Tourista en sus más recientes singles: el uso de los diferentes elementos del lenguaje de la música popular –clásica y contemporánea– para crear y transmitir significado. “Tipo malo” muestra cómo el timbre artificial modificado por el autotune puede colorear una letra, subrayar su significado y delinear el estado mental de un narrador; cómo el uso del coro al inicio de una canción enfatiza su urgencia; cómo el texto cantado puede referir sutilmente a la estructura de la obra y guiar al oyente; cómo la herramienta de “ascenso y caída” de la música electrónica de baile ha logrado potenciar las capacidades expresivas del pop moderno. Puede afirmarse que en este single –y también en el anterior, “No me arrepiento”– Tourista está haciendo power pop, pero su apropiación del género evita regresar en modo “vintage” a sus orígenes, prefiriendo incorporar herramientas y elementos de las más recientes tendencias de la música popular internacional. Aunque su heterodoxia puede incomodar a muchos –seamos honestos, cada vez son menos– la apertura y flexibilidad de Tourista demuestra que el power pop y, en términos más generales, el rock –su lenguaje, sus funciones, la temática que aborda– pueden reinventarse, adaptarse al presente y proyectarse hacia el futuro.

“F”
Turbopótamos
Independiente
El inicio de la canción, con su tempo lento y su ominoso riff de bajo en el sintetizador, sugiere un escenario sombrío y un narrador de quebrada y sórdida psique. Pero, a los pocos segundos, la batería duplica su velocidad y una melodía bhangra surge como un rayo para situarnos en la pista de baile de un club moderno, global, o, quizás, al interior de un vertiginoso juego de video. Entonces vemos al narrador en el centro mismo de este escenario, cercado por las luces, el ruido y un cúmulo de voces que buscan asustarlo y desestabilizarlo. Paradójicamente, no se amedrenta y hasta se acomoda en un sofá, tranquilo, “chévere, jugando Spy Kids”. Cuando la canción se acerca a su final, el tapiz sónico que se ha ido acumulado desde el inicio –baterías, guitarras y sintes generados por algún tipo de artilugio digital– se convierte en una dura corteza sonora que termina protegiendo y acompañando al narrador hasta el destartalado final de esta enajenada mini-odisea de pop moderno que el oyente recorre como un adolescente que pisa por primera vez una discoteca: narcotizado y alucinado, asombrado y temeroso, altanero e indefenso bajo las luces y el sonido que envuelven y desfiguran el mundo.
