#YoEscriboEnLeonardo
A diferencia de las otras especies que conocemos en este planeta, los humanos nacimos con el don de la imaginación. Inmenso súper poder que nos concedieron.
Un halcón puede avistar su pequeña presa a una larga distancia o sobrevolar altas montañas a 389 kph; nosotros, gracias a nuestra mente fuimos más allá: creamos la visión telescópica y hasta naves que exploran el universo.
Solamente tenemos que imaginar qué queremos, planificar su ejecución y voilà. Empezamos visualizando la punta de una lanza en una piedra y ahora estamos a puertas de convertirnos en cyborgs con chips implantados en el cerebro (Neuralink, el nuevo, ambicioso y polémico proyecto de Elon Musk). La mente es realmente asombrosa. Una máquina creativa que va a mil por hora.
Sin embargo, al igual que un teléfono con cámara que graba en 32K, pero cuya batería solo dura para un story, nuestro fabuloso cerebro también tiene una desventaja: no distingue la realidad de la ficción.
En mayor o menor intensidad, el muy ingenuo reacciona de la misma forma a una información percibida mediante los sentidos, sin estar seguro si se trata de una vivencia o una recreación. Por lo que en este último caso, mantiene su rutina laboral y envía señales nerviosas al corazón, transformándolas en emociones y sensaciones. Eso explica por qué empatizamos y hasta nos enamoramos de personajes en libros o películas. También es el porqué de la alteración de nuestro sistema nervioso cuando nos cuentan o vemos una historia de terror. Siempre y cuando te sumerjas en la ficción, por supuesto.

Pero el problema no es que puedas creer durante tres horas que encontraste al amor de tu vida en un transatlántico que está a punto de hundirse por colisionar con un iceberg. De hecho, de ahí parte el éxito del talento bien aplicado en toda obra creativa, transportarnos a otra realidad o transmitirnos emociones reales. En cualquiera de estos casos, hacemos un trato con nuestro cerebro para entregarnos a esta simulación de realidad por determinado tiempo, desde el inicio hasta el final de la obra. Nuestro conjunto de neuronas vuelve a interpretar una realidad más objetiva luego de tener un claro ‘FIN’. Como cuando despertamos de un sueño.
El verdadero problema aparece cuando nuestro ingenuo cerebro no recibe indicación del límite entre la realidad y ficción. No caen los créditos, ni se cierra ningún telón o libro. Ninguna señal para que desaparezca la ilusión.
La histeria colectiva que desató Orson Welles en 1938 con su famosa ficción radial de una invasión extraterreste es un buen ejemplo de ello. Esta se ocasionó en gran parte porque millones de personas no sintonizaron el inicio del programa, creyendo así que era una transmisión real. Welles, al día siguiente tuvo que pedir disculpas públicas para salvar su cabeza. (No sucedió lo mismo con la recreación que hicieron en Quito años después. El público enfureció tanto que quemó el edificio de la radio, dejando millones en pérdidas, y peor aún, cinco fallecidos).

¿Pero, qué pasa cuando nadie sale jamás a pedir disculpas por engañar a nuestro ingenuo cerebro? La película que nos hacemos en la cabeza puede ser muy larga, y en el peor de los casos para siempre. Para explicar mejor a lo que me refiero, hice una división de tres niveles de estas ficciones no aclaradas.
Dentro de la forma más básica se encontraría, por ejemplo, la difamación de alguien que pertenece a nuestra misma comunidad, o en buen cristiano, inventar rumores. Esta información viaja, es recibida por más personas, se instala en un imaginario colectivo y si nadie lo desmiente, se asume como real. Hace muchos años me llegó la noticia de que había fallecido un compañero de mi promoción del colegio. Muchos lo lamentamos. Un par de años después me asusté al verlo en un microbus. Resulta que alguien inventó el rumor para un reencuentro con la ‘promo’. Este no fue el caso, pero todos sabemos que un malintencionado rumor podría arruinarle la vida a alguien, injustamente.
Siguiendo con los ejemplos, en un nivel “más profesional” podemos incluir a los relatos o ficciones mejor planificadas que con un discurso estridente muy convincente arrastra seguidores. Como sucede en la industria de la moda, que ha orquestado por años lo que se debe usar, lo que ya no e incluso lo que se tiene que volver a usar. Un claro caso es el fenémeno de los ugly shoes, que luego de su aparición, y unas cuantas críticas, persisitieron y hoy tienen para rato. Y lo curioso no solo es que el calzado feo (que además es pesado) tenga éxito, sino que entre algunos de sus modelos se encuentran las zapatillas más caras del mercado.

En este grupo también podríamos incluir las ‘necesidades’ tecnológicas. Y resalto solo la idea de necesidad, para no satanizar la tecnología. Al igual que el ejemplo anterior, este relato nos dibuja una línea de comportamiento para adquirir un producto, que no necesariamente es vital (la obsolescencia programada también juega un rol importante aquí). Otro ejemplo serían aquellas corporaciones que tienen un discurso para romantizar la sobreexigencia de su personal como sinónimo de valor. Y por agregar un ejemplo más en este grupo, cerraría con los partidos políticos. Tienen tan claro el poder de la manipulación del ingenuo cerebro, que algunos de sus postulantes se preparan más para hablar bien en público, que para gobernar adecuadamente. Y en este caso usan estrategias del nivel más básico, la difamación del contrincante. A estas alturas, no es ninguna novedad que algunos medios se suman a esta dinámica. Umberto Eco, antes de dejarnos, bautizó esto como La Máquina del Fango. Hoy, las fakenews y su fácil tránsito por las redes, han hecho esta tarea más fácil.
Pasando al último grupo, en el nivel hard entran todos esos relatos que “siempre” han estado ahí, y por lo tanto es casi imposible que nuestro ingenuo cerebro se cuestione su veracidad sin un trabajo de estímulo. Aquí tenemos a las leyes, ideologías, naciones, religiones y todo tipo de sistema que se mantenga vigente. Objetivamente no hay una gigante línea hecha por la naturaleza que indica la separación de naciones. Las fronteras son invento de la humanidad con fines políticos y económicos.
Yuval Noah Harari, el historiador y filósofo israleí, sostiene firmemente que todas las instituciones que conforman nuestra forma de vida son fábulas. Desde los derechos humanos hasta dioses. Con esto no les resta importancia, de hecho todo lo contrario, solo que todos estos relatos están basados en la necesidad de una creencia. Y que además son parte clave de nuestra constante evolución.

Lo mismo pasa con el dinero. Un valioso pedazo de papel que según los números impresos en él, tiene más o menos valor. El autor de ‘Sapiens’ asegura que el dinero es el correlato de confianza mutua más poderoso que existe. Hay una convención mundial respecto a este y su simbolismo de cierta cantidad de oro en alguna bien resguardada bóveda. Y por lo tanto, funciona, como sucede ahora con las criptomonedas. Es una ficción consensuada. Bajo la misma óptica, el capitalismo sería otro buen ejemplo de fábula de nuestra cultura (hasta una amigable propaganda al buen estilo de las caricaturas de la época).
Pero sin desviarnos mucho de los ‘plugins de realidad’ instalados en nuestro cerebro, si repasamos algunos de los ejemplos mencionados, podemos notar que en cualquiera de sus niveles hay cierta relación en la intención de estas ficciones. Todos son movimientos calculados para el beneficio de algunos, no de la mayoría. Y en ninguno se miden las consecuencias que pueden ocasionar, como en los ejemplos líneas abajo.
La cultura del consumismo está desequilibrando el planeta desde hace años. Y no solo porque los recursos naturales no dan abasto al ritmo de la demanda, sino que además muchas personas tratan de llenar un vacío de esta forma, cuando lo único que se llenan son las arcas de las empresas que instalaron esta fábula comercial.
Antes de la colonización, los nativos americanos incluían un tercer género y lo llamaban ‘Doble Espíritu’. Este albergaba a todo nativo o nativa que no se identificaba solamente como hombre o mujer. Incluso les atribuían un don especial, por tener un lado femenimo y masculino, como una mayor conexión con su dios; según explica la investigadora Águeda Suárez. Por supuesto, la narrativa de los conquistadores y la iglesia instaló otro paradigma en cuestión de género, más excluyente.

El contexto de la pandemia ha llevado a su pico los casos de suicidios, la tasa ha ido incrementando casi constantemente desde la década de los ochentas. Más de setecientos mil casos cada año. Y no hablamos solo de adultos, sino también de adolescentes. Curiosamente, en todo el mundo se repite un mismo patrón: la gran mayoría de los casos son de hombres. ¿Tendrá que ver el paradigma instalado que predica que los hombres no pueden llorar ni mostrarse vulnerables? ¿Una bomba de tiempo a falta de expresar sus emociones?
En Alemania, la industria cervecera empezó a ser liderada principalmente por mujeres, debido a sus conocimientos herbolarios. Las llamaban alewives, salían a los mercados a ofrecer su cerveza con unos sombreros puntiagudos para sobresalir entre el gentío. En casa, además, solían tener gatos, para evitar que los roedores se coman los insumos (elementos que luego identificaríamos en el arquetipo de bruja). En 1487, dos sacerdotes alemanes publicaron un documento (Malleus Maleficarum, del latín: Martillo de las Brujas) que proclamaba los horrores que podían cometer las brujas y cómo identificarlas. El blanco perfecto eran las solteras, viudas y curanderas. Los empresarios de la competencia aprovecharon el contexto para esparcir rumores sobre pociones en las cervezas de las alewives y ganar más clientela. Funcionó al punto que pronto se creó una ley que exigía usar solo lúpulo para preparar las cervezas, eliminando del juego a las alewives sobrevivientes. Más adelante, entre los siglos XV y XVII se dio ‘la gran caza’ y se calcula que hubo aproximadamente doscientos mil juicios, la mayoría de estas mujeres fueron torturadas, y probablemente la mitad ejecutadas. Se puede ver cómo retratan estos juicios subjetivos en la película Akelarre, dirigida por Pedro Agüero y basada en un caso real del País Vasco.

Hoy, el mundo es escenario de al menos diez conflictos armados, siendo la invasión de Rusia a Ucrania, la más reciente y mediática. La excusa para que esto estalle, es otra ficción. Todo el sufrimiento es absolutamente innecesario. Seguir fabricando armas hoy y conservar armas nucleares, también parte de un viejo paradigma. Y lo peor es que dentro de tan desastroso contexto, algunos países observan el color de piel antes de aceptar a las personas refugiadas de esta guerra. El racismo, fruto de otra gran fábula instalada.
Es muy extensa la lista de ejemplos de cómo nuestra imaginación nos ha llevado a crear, y por lo tanto vivir, nuestro propio infierno; pero no olvidemos que nuestra imaginación también es nuestro cielo. No solo por su capacidad de crear toda la belleza que soñemos y de transportarnos a través de los sentidos. Sino porque nos permite cuestionar cada capa de realidad que vivimos. Si cada paso que damos es una decisión propia o calculada. Si realmente estamos eligiendo o eligen por nosotros. Aparentemente se han juntado tantas de estas fábulas que el escenario está colapsano. Como un enorme castillo de naipes a punto de caer. Tocará construir con más consciencia y tolerancia. Con menos diferencias y desigualdad. El cambio se ha estado dando poco a poco. Sigamos cuestionándonos todo. Incluso estos párrafos. Tal vez debamos regresar a nuestra infalible metodología de la niñez y no tener miedo de preguntar todo. Quizás luego de unos cuantos ¿por qué? y algunos ¿para qué? podamos ver con claridad la realidad que queremos.
