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Moico Yaker: “Ser peruano debería ser una religión”

Moico Yaker nos recibió en su casa de Miraflores junto a Harry, su perro, que tiene ese nombre y varios apodos. En su casa donde hay unas escaleras que conducen a un taller increíble; en su casa donde también hay muchas plantas y platos y libros. Y un espíritu creador que se desbordó en la conversación, en los recuerdos, en las anécdotas y en esa revisión de la propia historia personal que es hacia donde lleva justamente la entrevista.

Ser peruano debería ser una religión, nos dijo que dijo alguna vez y el acuerdo fue unánime; ese será el titular de la nota. Hablamos de libros y autores, de películas, de esto y aquello, y obviamente también nos centramos en lo que ha sido su obra, su firma de identidad en el tiempo y entendimos a cabalidad lo que significa Conversaciones en el zoológico, la estupenda muestra que acoge el MAC – Museo de Arte Contemporáneo desde la segunda quincena de marzo.

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Moico Yaker fotografiado por Juan Carlos Muñoz-Nájar

Moico, hablemos sobre esa “curiosa mezcla” de influencias que tienes, y sobre cómo experimentas esta diversidad cuando piensas en tu visión del arte y en tu proceso creativo.
Nací en Lima por casualidad pues mi madre tuvo un parto difícil y hubo que venir, pero al mes de nacido ya estaba en Arequipa. Me considero arequipeño; fui a un colegio católico donde estudié hasta el segundo año; tercero, cuarto y quinto lo hice en el colegio militar Francisco Bolognesi.

Viví en Arequipa hasta los 17 años y fui educado como un chico común y corriente sin ningún vínculo mayor con la tradición de mis padres. Ellos se asimilaron a lo arequipeño de una manera quizás hasta exagerada, eran arequipeños hasta la médula.

Estudié en un colegio de curas a pesar de que sabían que no era católico, inclusive me prepararon para la primera comunión. Yo sabía dentro mío, en casa sabíamos perfectamente que éramos judíos, pese a que no éramos religiosos en lo absoluto, salvo las tres celebraciones más importantes del año que se hacían. La comunidad judía en Arequipa era muy reducida, de unas cuatro a seis familias con quienes no nos veíamos mucho porque mis padres eran asimilados, tenían muchos amigos arequipeños. Yo no tuve una educación judía sino hasta mucho más tarde.

¿Qué tan tarde?
Hacia los 20 años me di cuenta que no sabía nada del Holocausto; no había escuchado sobre la II GM porque nunca me la enseñaron y mis padres no me la contaron; y eso que toda la familia de mi padre murió en los campos de exterminio; él salió de Europa a los 17 años y vino al Perú. Me parece que, o se les pasó o no me contaron porque no era parte de la realidad de Arequipa. En el colegio no recuerdo que las palabras Hitler y campos de concentración hayan sido pronunciadas.

Yo me sentido siempre peruano y he crecido con los valores peruanos. Aunque en muchos momentos la pasé bastante mal en el colegio, especialmente en el primer año. Terminé en diciembre de 1965 y en enero de 1966 mis padres me enviaron a estudiar arquitectura en la Universidad de Miami; desde aquella época ya no regresé al Perú sino hasta los 33, 34 años.

Fue en toda esa temporada tan prolongada en que yo giré por todos lados hasta que el año 1973 decidí hacer bellas artes, fue en ese año que decidí que sería pintor. Me casé, tuve una hija y mi padre tuvo la generosidad de seguir financiando mis estudios.

Viví en Israel y me inscribí en la Universidad Hebrea de Jerusalén donde estudié un par de años. Tuve la fortuna de que el año en que me inscribí, Octavio Paz había ganado el premio Jerusalén a la literatura y parte del compromiso que tenía era el de dictar en un seminario sobre su obra, sobre literatura latinoamericana. Yo tomé ese curso, fui alumno de Octavio Paz, un sueño hecho realidad pues conocía su obra desde el colegio. Otro profesor en ese tiempo fue Miguel Ángel Asturias. Inscribirme en ese curso fue una bendición, una de las mejores movidas que hice en mi vida. Éramos siete alumnos, teníamos a Octavio Paz solo para nosotros.

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Moico Yaker fotografiado por Raúl Rey

¿Qué pasó luego?
– Luego de mi separación, viví en París algunos años, seguí con mis estudios en esa ciudad y también en Londres; me sentía tan bien que me decía, de aquí no me muevo más. Ocupé una casa durante cuatro años sin pagar un solo franco gracias a un amigo mío. Eran tiempos de muchos cambios, de mucha efervescencia, el movimiento Fluxus, tan de moda en aquel tiempo, nos tomó por completo y documentábamos todo lo que hacíamos.

Nunca pensé en regresar al Perú, hasta que ya no fue posible seguir beneficiarnos de las casas con mis colegas de arte. A mi regreso de Londres, contacté con la persona que había comprado la casa y me permitió quedarme unos meses más, hasta culminar mis estudios. uego de ello, se produjo el retorno.

¿Cómo influyó en tu proceso creador todo ese tiempo vivido?
– Todas esas influencias; los viajes, los años del colegio militar y lo católico resonaron bastante en mí, sobre todo a nivel de imaginario.
Cuando regresé al Perú en el año 1982, fue mi primer real encuentro con el país en todos los niveles; llegué en un año complicado, se daba el inicio del terrorismo.

 

Años difíciles para todos…
– Mis padres vivían en la cuadra nueve de Benavides, a pocas cuadras de donde yo estaba; yo almorzaba con ellos todos los días. Recuerdo que cruzando el zanjón había un lugar llamado Antares que daba cursos de religión andina, así que me acerqué y me inscribí. Tuve la fortuna de conocer a quien daba el curso, Carlos Brignardello (Q.E.P.D.), una persona profundamente aficionada a la arqueología que se convirtió en mi guía y me permitió conocer todos los sitios arqueológicos más interesantes de alrededor. Fue él quien me presentó a Enrico Poli; un italiano que tenía una de las colecciones más impresionantes de ese tiempo. Su amistad me permitió estar, ver y tocar piezas increíbles del Señor de Sipán, ceramios de Chavín, piezas de Paracas. Su colección era un verdadero tesoro, en todo aspecto y pude verla muchas veces.

La influencia del barroco que recibí a través de la colección de Poli, y de las iglesias limeñas y cusqueñas y de los murales andinos me hicieron sentir que había una riqueza muy grande que resonó en mí.

¿Se puede hablar de un punto de quiebre?
Claro, se me ocurrieron mil cosas. Era un mundo que yo estaba descubriendo y era un mundo mío en el sentido de que yo viví en el mundo hasta los 16 años en el mundo del cristianismo arequipeño. Fui educado por Benedicta, mi mama, una india que también había criado a mi madre. Fue ella quien me transmitió ese sentir único, hondo, profundo del indio.

Recuerdo, además, que por ese tiempo se hacía necesario ordenar mi biblioteca que estaba hecha un desastre y vino un señor para hacerlo. En una de las muchas conversaciones que tuvimos le dije: Yo creo que ser peruano debería ser una religión.

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Moico Yaker fotografiado por Raúl Rey
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Moico Yaker fotografiado por Raúl Rey

 

¿Y tu pintura?
– Empecé pintando mi vínculo inmediato con la tierra y esto hizo que pintara imágenes de distintas personas orinando. Tengo varios cuadros con meones, pero hay uno que es el más importante, un cuadro que tiene casi seis metros de largo y lo tiene una coleccionista de Barranco. La pintura se llama Isla y es la imagen de un grupo enorme de personajes muy pequeños, detrás de ellos hay una selva muy frondosa. Todos están orinando, hombres y mujeres; es una línea amarilla que te vincula a la tierra. La marca de los orines es una especie de “joya” (por el color) que vincula al personaje con la tierra.
¿Por qué son 36 y no 20 u 80? Hay un mito cabalístico que dice que el equilibrio del mundo está sostenido por 36 hombres justo. Al yo elegir 36, estoy fusionando un pensamiento hebreo con una percepción local.

También podría hablar de un periodo de mi obra, la de fines de los 80 y parte de los 90. Considero que si algo magnífico ha dado el catolicismo es el arte y en el Perú esa fusión del mundo andino con el barroco me sigue fascinando porque dio origen a la imaginación del artista indio, del artista peruano en función a creencias completamente extrañas traídas por los españoles. Son temas que me han interesado mucho y que los he desarrollado en la medida que he podido y por lo cual inclusive me reconocieron organizando una gran retrospectiva que se realizó en México.

Luego, me interesó mucho el trabajo de Gil de Castro porque fue el primer pintor mestizo que pintó a otro mestizo siendo él un pintor de corte (pintaba a los dignatarios) y pintó al mártir Olaya que era como él, un mulato.

Hice toda una serie de intervenciones en la imagen de Olaya en cuanto a la promesa de una patria integrada en su diversidad, que es lo que el retrato está representando, pues era un pescador del pueblo. Sin embargo, Gil de Castro lo pinta con una dignidad enorme, empoderado, vestido de blanco.
Es una de las obras más hermosas de la pintura peruana de la época del clasicismo. A mí me sirvió como inspiración para una gran cantidad de obra.

En todo caso, ese tipo de iconografía me llamaba mucho la atención porque tenía mucho contenido, no solo visual sino también desde el punto de vista filosófico y religioso. Me interesó mucho el tema de la adoración al ídolo, religioso y patrio.

¿Y qué nos puedes comentar sobre Conversaciones en el zoológico?
Cuando empezó la pandemia muchos animales se sintieron cómodos de salir a las calles, a las playas, a los parques. El silencio de la pandemia hizo que me encerrara y comenzara a pintar animales. Ellos siempre han estado en mi vida y en mi obra; pero esta vez fue casi como una obsesión; durante cinco años no hice nada más que pintar animales conversando entre ellos.
Hacia el año 2022 caí en cuenta que el MAC está construido sobre lo que fue el zoológico de Barranco y me dije, algún día mostraré a mis animales en el MAC.

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El ensayo que hace Augusto del Valle sobre la exposición es muy acertado, realmente: “Moico Yaker (Arequipa, 1949), reconocido artista peruano cuya estética de sensibilidad barroca exhibe una pintura preocupada por un equilibrio inestable sin concesiones, irrumpe con Conversaciones en el zoológico, una exposición de cerca de 70 obras, entre pinturas de gran, mediano y pequeño formato. El título hace alusión a un género de retrato existente en los siglos XVII y XVIII de la pintura europea.
Aquí, en lugar de retratos de grupos humanos en situaciones domésticas —como en las conversation pieces originales—, se plantea una equivalencia peculiar. Así mismo, el artista cita al histórico zoológico del distrito de Barranco, espacio sobre el que existe este museo”.

 

¿Cómo te sientes al respecto?
Estoy encantado que sea en el MAC pues hay una conexión especial, innata con el lugar. El pintar animales es algo con lo que salgo del lenguaje por el que soy reconocido, que es el lenguaje de la iconografía peruana, religiosa, judaica.
Hay un vínculo estrecho entre la obra y el lugar y eso me emociona mucho, es como devolverle al lugar su memoria, es la memoria del terreno.

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Moico, siempre cerramos con esta pregunta, ¿qué te sigue emocionando?
– Lo que más me emociona son las expresiones artísticas. La pintura y la literatura. Soy profesor de Corriente Alterna desde hace más de diez años y presidente del jurado del concurso de pintura del BCR, y me emociona mucho el genio creativo del artista joven peruano, me emociona y me interesa mucho. Tengo el privilegio de que al ser profesor y jurado de un concurso muy importante puedo ver en qué está el arte, hacia dónde va y cuál es esa dinámica que cambia de año en año.

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Las claves de Conversaciones en el zoológico
– Desde el viernes 14 de marzo hasta el domingo 25 de mayo en las salas 1 y 2 del museo.
– Visitas de martes a domingo, de 10:00 a. m. a 7:00 p. m. (Último ingreso: 6:30 p. m.)
– Museo de Arte Contemporáneo de Lima – MAC Lima. (Av. Miguel Grau 1511 – Barranco)
– Entradas en www.maclima.pe o en la taquilla del museo.

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Por Leonardo

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