Antonio Zegarra, artista visual y digital peruano debutó en Art Capital 2025.
Antonio Zegarra: “El arte digital ya no es una periferia, sino una parte fundamental del discurso artístico global”
Recién llegado de París donde participó por primera vez en la edición 2025 de la feria internacional Art Capital que se llevó a cabo en el Grand Palais, el artista peruano Antonio Zegarra conversó con Leonardo sobre su obra, sus influencias y la proyección que tiene el arte digital.

El trabajo de Antonio Zegarra (Trujillo, 1972) explora la intersección de la medicina, el arte digital y la herencia cultural. Desde niño estuvo inmerso en el mundo de la cirugía plástica gracias a su padre, un destacado cirujano plástico, lo que despertó su interés por la reconstrucción del rostro humano.
Inició estudios en medicina en la Universidad Autónoma de Guadalajara, sin embargo, su pasión por el arte lo llevó a estudiar diseño gráfico en el Instituto Toulouse Lautrec. Esta fusión de disciplinas le ha permitido desarrollar una visión artística única; crea rostros humanos digitales, combinando su conocimiento médico con la tecnología.
Se inspira en los huacos retratos de la cultura Moche, así como en diversos personajes históricos y contemporáneos, buscando capturar la identidad y profundidad emocional de los sujetos.
Antonio, eres parte de una generación que asimiló el mundo digital desde sus inicios, ¿cómo así se dio ese encuentro y en qué momento lo integraste a tu quehacer artístico?
– Desde el inicio, el mundo digital me atrapó. Cuando estudié diseño gráfico en Toulouse Lautrec, el uso de la computadora ya era parte esencial de la enseñanza, pero en el Perú todavía se veía con cierta distancia en el mundo del arte. Fue en ese momento que entendí su potencial no solo como herramienta, sino como un medio expresivo en sí mismo.
La integración a mi arte fue natural. Desde niño sentía una profunda curiosidad por la imagen, aunque en ese entonces no tenía una guía formal. Me refugiaba en los libros de arte que encontraba, absorbiendo sus imágenes con una emocionalidad pura, sin comprenderlas del todo. Fue recién en la adultez, al profundizar mis estudios, que muchas de esas sensaciones cobraron sentido y se conectaron con mi propia búsqueda artística.
Lo digital, en ese camino, me permitió explorar texturas, colores y composiciones de una manera más ágil y flexible, optimizando tiempos sin perder profundidad. Aunque muchas de estas posibilidades existen en los medios tradicionales, la computadora me brinda herramientas que aceleran procesos y me permiten experimentar con mayor libertad. Además, la inteligencia artificial ha abierto un nuevo campo que veo con mucha curiosidad y entusiasmo. En el fondo, no veo una diferencia entre lo digital y lo tradicional. Lo importante es la mirada del artista, cómo transforma lo que tiene a su alcance para comunicar algo profundo.
Tu obra ha estado presente en varios lugares del mundo, ¿qué aprendizaje e impresión te dejó ser parte de Art Capital en París?
– Art Capital en París fue una experiencia reveladora. Estar en el Grand Palais, rodeado de artistas de todo el mundo, me confirmó que el arte digital ya no es una periferia, sino una parte fundamental del discurso artístico global.
Lo que más me impactó fue ver cómo mi obra, con toda su carga cultural y técnica digital, podía dialogar de igual a igual con trabajos de diversas corrientes y tradiciones.
También fue un reto. París tiene un público exigente, con una mirada entrenada para el arte. Pero ver la reacción de la gente, la curiosidad y las preguntas sobre mi proceso, me reafirmó en la importancia de seguir explorando y llevando la imagen más allá de los límites convencionales. Si algo aprendí de esa experiencia, es que el arte tiene que moverse, viajar y enfrentarse a distintas sensibilidades. Solo así se enriquece y encuentra nuevas dimensiones.

Viendo tu obra y tus intereses, Antonio, percibimos una profunda y entrañable relación con la medicina y la infancia, ¿qué es lo que más recuerdas de los años junto a tu padre?
– Lo que más recuerdo de los años junto a mi padre es su pasión por la cirugía plástica y reconstructiva, y su increíble humanidad con los pacientes. Desde niño lo vi devolverle el rostro, la funcionalidad y, sobre todo, la confianza a muchas personas. Crecí en un entorno donde la medicina no solo era ciencia, sino arte y sensibilidad.
Mi padre siempre me apoyó en todo, incluso cuando decidí tomar un camino distinto al suyo. Pero, de alguna manera, la medicina quedó en mí. Se refleja en mi obra, en la forma en que trabajo la piel, la reconstrucción de rostros y la exploración de la identidad a través de la imagen. También está presente en mi compromiso con la infancia, especialmente con los niños que nacen con fisura de labio. Su optimismo y entrega me enseñaron que el arte, al igual que la medicina, puede sanar. No con bisturí, sino con imágenes, con símbolos y con la posibilidad de ofrecer nuevas formas de ver y de sentirse visto.
¿Cómo se dispara tu proceso creador, Antonio?
– Mi proceso creador empieza con una sensación, una imagen que se queda rondando en mi cabeza o una historia que me sacude. A veces es una textura, como las gasas Chancay que me recuerdan a mi abuela tejiendo en la sierra, o un rostro que quiero reconstruir, como lo hice con Tintoretto o Alberto Durero.


También hay un fuerte impulso de exploración técnica. Me gusta llevar la imagen digital al límite, combinar elementos que no deberían estar juntos y ver qué sucede. Por ejemplo, en Marilyn Quemada, la belleza convive con la piel quemada, y en Las Quemaduras de Sorolla, el sol, que ilumina su obra, se convierte en un elemento destructivo sobre su rostro.
Mis influencias vienen de distintas disciplinas y épocas. Me fascina la capacidad de Zdzisław Beksiński para crear mundos inquietantes, donde la figura humana parece atrapada entre la belleza y la descomposición. También me atrae la visión de Francis Bacon, su forma de deformar los cuerpos y rostros para revelar su fragilidad. Joaquín Sorolla me inspira con su manejo magistral de la luz y su obsesión por capturar la atmósfera y costumbres del Mediterráneo. Y no puedo dejar de mencionar a César Vallejo, cuya poesía es un motor constante en mi obra; su manera de transformar el dolor y la existencia en algo profundamente humano y universal me impulsa a buscar nuevas formas de expresión.



A veces, todo empieza con una simple pregunta: ¿y si…? ¿Y si Vallejo fuera un rompecabezas monumental? ¿Y si la mirada de María Félix fuera imposible de alcanzar? Es en ese espacio de duda y juego donde realmente nace mi obra.


¿Qué te sigue emocionando como artista, como persona?
– Me sigue emocionando la posibilidad de seguir aprendiendo, de descubrir nuevas formas de crear y de entender el arte como un proceso en constante evolución. La tecnología avanza rápido, y en lugar de verlo como una amenaza, me entusiasma explorar cómo la inteligencia artificial, la animación y otras herramientas digitales pueden expandir mi lenguaje visual.
Como artista, me emociona la capacidad de la imagen para generar diálogo, para conectar con la gente en niveles profundos. Cuando alguien se detiene frente a una obra mía y encuentra algo que lo toca, que le despierta una emoción o una memoria, siento que el arte cumple su propósito.
Como persona, sigo encontrando inspiración en la curiosidad. Me apasiona sumergirme en la biografía de personajes que han desafiado los límites de su tiempo, como Vallejo, Sorolla, Bacon o Beksiński. Sus historias me recuerdan que el arte no es solo estética, sino resistencia, obsesión y búsqueda.
En el fondo, lo que más me emociona es saber que siempre hay algo nuevo por descubrir, que cada obra es un punto de partida para la siguiente, y que el arte sigue siendo un territorio infinito para explorar.

